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Cuando se aborda en profundidad el estudio de la
Historia, una de las herramientas con las que cuenta el
investigador es hacer uso de un método-ejercicio que se
denomina Historia contrafáctica. Pensar en que hubiera
pasado en Argentina si Perón no hubiera llegado al poder
o que hubiera pasado si no hubiera caído el muro de
Berlín son solo algunos de los infinitos ejemplos que
podemos elegir. Por supuesto, las respuestas a esas
preguntas son sólo distintas hipótesis de lo que hubiera
pasado pero en modo alguno hechos ciertos y
verificables.Y aunque no lo parezca todo esto tiene algo
que ver con el partido que La Orquesta jugó contra
Olivos porque, a mi modo de ver, si el análisis queda
solamente en preguntarse que hubiera pasado si no le
atajaban el penal a fulano, o si no se repetía la
ejecución de un penal, o si hubiera entrado tal jugador
por otro como cambio antes o después de determinado
momento del partido o si mengano hubiera podido jugar el
partido si lo hubieramos postergado, etc., etc., lo que
deja como resultado este análisis es un puñado de
hipótesis, y como tales, ni hechos ciertos ni
comprobables. Por eso considero mucho más constructivo
pensando en el futuro, encarar el análisis de este
partido a partir de lo que pasó concretamente en la
cancha de Olivos, de lo que vimos, de lo que
transpiramos y de lo que sufrimos. Y lo que pasó fue que
se jugó un partido con sabor a final anticipada, en el
que los dos equipos sabían que enfrentaban un duro
escollo. Y lo que se vio fue a una Orquesta que arrancó
algo nerviosa y desajustada pero que terminó
convirtiéndose en claro dominador de la primera etapa y
se fue al vestuario en ventaja por un gol y podría
haberse ido por un par más también. así como a un Olivos
que urgido por la desventaja salió a quemar las naves en
el segundo tiempo y consiguió con mucho esfuerzo llegar
a la igualdad. Y lo que se transpiró fue una enormidad
porque para sorpresa de propios y ajenos el calor fue
asfixiante durante todo el partido, y lo que transpiró
la Orquesta en particular es para llevarselo con orgullo
en el recuerdo, con jugadores que terminaron el partido
al límite de sus fuerzas, dejando todo y un poco más
también. Y lo que se sufrió en ese final también tiene
que ser recordado, porque ese sufrimiento tiene por
partes iguales el no poder seguir en carrera, la
sensación de las manos vacías, pero también tiene el
reconocimiento del rival que dijo “Son un equipazo, los
felicito”, tiene la unión en la mala y la lágrima del
amor propio. Por todo esto creo que vale más que
recordemos siempre que en el Olivos una calurosa tarde
de noviembre hubo una Orquesta que, como los árboles
duros y resistentes, murió de pie. |